martes, 22 de mayo de 2012

Pensando en voz alta...

No comparto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo. - Voltaire


Le he estado dando vueltas al asunto de las elecciones y mirando de qué manera ha cambiado el entorno. Ha llegado a ser un  Déjà vuahora aderezado por la inmediatez que representan las redes sociales.


Hace seis años, el tema daba para algún que otro enojo en tertulias, comidas familiares, correos electrónicos cadenas y no pasaba de algunos gritos y miradas de repruebo y cejas alzadas de sorpresa. Pero hoy, la cosa es diferente.


Facebook y Twitter se convierten en el lavadero binario. Hoy, alzo las cejas al ver cómo familiares y amigos defienden a su candidato, a espada más que a capa, y se llevan de calle años de relaciones humanas. Con vergüenza leo comentarios en los que tachar de nacos, pejezombies o acarreados es lo políticamente correcto. El proyecto de tweetbalas no debe de darse abasto ante tantos tweets discriminatorios.


Hoy, formo parte de ese porcentaje que llegará con la cara de what a la urna el 1ero de Julio. Por primera vez, no sé por quién voy a votar. Ninguna propuesta me convence, no creo en ningún candidato, no soy partidaria de votar por el menos peor y no quiero anular mi voto.


¿En qué momento se jodió todo? ¿En que momento la intolerancia se volvió la bandera de la justicia? ¿Por qué el insulto se convirtió en la voz de la razón? ¿En qué momento nos sentimos superiores a otros?


Creo que una de las semillas que genera tanta intolerancia deriva de la siguiente premisa: el mexicano no sabe debatir. Hace unos meses leía el siguiente artículo sobre un debate entre el obispo de Canterbury y Richard Dawkins, uno de los más geniales ateos, debatiendo no menos que la Teoría de la Evolución.  Los ingleses tienen una larga tradición de clubes de debate siendo los más famosos en Cambridge y Oxford. ¿Y en México? ¿a alguno de ustedes les tocó clase de debate en la escuela? Creemos que el debatir es sinónimo de te voy a  demostrar qué tonto eres porque no piensas como yo.


No pretendo pecar de moralina, pero pretendo sí subir un poquillo el nivel de la conversación. Dejemos de descalificar al que no piensa como nosotros. Hagamos lo que podemos al hacer un voto informado. Aplaudamos los atisbos de civismo y de libre expresión. Y si lo que queremos es quejarnos, hagamos algo al respecto. Puede usted dejar de consumir telebasura, puede dejar de comprar periódicos que mienten, incluso puede usted votar por quien le plazca. 


Pero por favor ¡por vida suya! no le escupa al vecino por ser rojo, amarillo o azul. Porque el 2 de Julio tendrá que verlo a la cara, ¿y sabe qué? seguro seguirá viviendo junto a usted.









lunes, 14 de mayo de 2012

Fan from Hell


Hace un año me encontraba en las últimas horas del Campamento Krusty, nombre con el cual bautizamos a esa suerte de purgatorio que fue estar desde las 05:00 “acampando” afuera del Estadio Azteca.  Como salido de un concurso japonés, sorteamos una serie de pruebas para probar al fanatismo: qué tanto se está dispuesto a ceder un mundo de comodidades, con tal de estar a escasos metros de su ídolo.

Así,  pasamos más de doce horas bajo el sol de Mayo, aguantando la sed para no enfrentar el temido baño portátil, el hambre, el no tener acceso a un lavabo para lavarte las manos, entre otras inclemencias. ¿Por qué buscar repetir la experiencia ya vivida en el Rose Bowl un par de años atrás? 


Mi fanatismo inició en el '92, cuando U2 visitó por vez primera tierras aztecas con su show mágico-musical ZooTV. Yo era una puberta de secundaria que tuvo su primer acercamiento a través de la maravilla del Achtung Baby.  Y la vida me cambió por culpa de estos irlandeses.

Luego, llegó el momento de los excesos para presenciar su Popmart. En ese entonces vivíamos en Querétaro, y recuerdo mi emocion de pasar a un lado del Foro Sol y contemplar el arco del escenario a la distancia. Compré un limón inflable que sigue siendo la envidia de muchos. Corría el rumor de que mi concierto podría ser cancelado, debido al chistecito de los guaruras de los hijos de Zedillo. El ambiente era tenso, pero como esa fecha iba a ser televisada a todo el mundo al final no pasó a mayores. Gozamos, recordamos y lloramos a Michael Hutchence cantando "Wake up Dead Man", e incluso vimos una banda emergiendo de un limón metálico gigante: todo era posible.

Siguieron pasando los años y llegó el momento del Vertigo Tour. En esa ocasión, me formé con otros amigos en el MixUp de Palmas desde las 6am para ser los primeros en comprar boletos. En esa fila, debo decir que las horas de espera en un crudo invierno chilango se hicieron menos, porque el que me apartó lugar y me hizo reír fue mi amadísimo @Giordanesque. Aunque en esas épocas eramos nomás cuates! Quien hubiera dicho que años después todo cambiaría.

Así, llegó el 2009 y el 360°Tour. Compramos los boletos en la preventa para fans para verlos en el Rose Bowl. Nunca imaginamos que ese concierto lo verían miles de personas alrededor del mundo a través de YouTube. Fue un gran viaje porque la experiencia de un concierto en el gabacho es la cosa mas divertida y ordenada del mundo. Compras con anticipación tu lugar de estacionamiento. Llegas con horas de anticipación y en la tradición de juegos de americano, haces tu TailGate Party en el estacionamiento junto a otros fans. Después entras de manera ordenada y esperas a que inicie. La cosa más tremenda fue que cuando otros se querían meter adelante de tí, la gente alrededor tuya le decía de manera educada que no podía y no había bronca.Se sentía una energía increíble en el estadio, y en un momento Bono lanzó un "Viva México" que fue el orgasmo de la comunidad latina en LA.



Y de esta manera, nos trasladamos a 2011 y la versión Azteca del concierto y el Campamento Krusty. Lo único malo fue la poca educación de la gente que aunque ya estábamos en el Inner Circle, cuando ibas al baño y regresabas temías por tu vida porque no te dejaban pasar porque pensaban que te ibas a meter. Una pena y el trago amargo de la noche.

Y con temor a uso trillado del cliché, la forma en la que se aloca la gente en un concierto en México es tremenda. La forma de corear canciones, de entregarse a la banda, de hacer que el piso se estremezca el algo que se te queda tatuado en la memoria.

Me emocioné, lloré, canté, escuché canciones que rara vez tocan en vivo y los tuve a menos de 10 mts de distancia. Tanta madriza valió la pena. No me arrepiento aunque no sé si lo volvería a hacer. Creo que esas experiencias de estar en un Inner Circle de una banda como U2 que es tan querida en México es algo que sólo se puede vivir una vez.



Y me preguntarán ¿ porqué? Porque amo su música y admiro a Bono como persona. No cualquiera utiliza la fama en favor de causas ajenas. No cualquiera tiene tan plantados los pies en el suelo. No cualquiera se sale a festejar su cumpleaños afuera del Pujol y pide champaña para los fans que lo esperan a fuera. Convive con su fama, disfruta su dinero, ha hecho pésimas inversiones pero no se pierde de vista al hombre. A ese que se emociona con su útimo disco tanto que lo pone  a todo volumen para que un fan oportunista lo grabe y lo cuelgue a la red. Me decía mi papá que le cae bien Bono porque es alguien que se reune con Jefes de Estado y no se quita los lentes. Porque no puede perder al personaje, pero tampoco se pierde en él. 

Y por eso, bien vale joderse unas horas con tal de vivir algo para contarle a los nietos...


jueves, 26 de abril de 2012

Viscoso pero Sabroso


Para Carlitos, Ori y la Tuza María

I love the nostalgic myself. I hope we never lose some of the things of the past
Walt Disney

A propósito del Día del Niño, me han invadido los recuerdos de algunas cosas que comíamos en nuestros años mozos para compartirlos con ustedes:

Sandwich de Quik
1er Paso: una rebanada de pan Bimbo.
2do Paso: empanizarlo con chocolate Quik.
3er Paso: ponerle otra rebanada de pan encima.

Si uno se quería ver sibarita, podía incluirle rebanadas de plátano, pero la cosa era más bien simple. Esta joya gourmet era un clásico en mi casa, y fue para mí un auténtico shock cuando unos primos me dijeron que era la cosa más asquerosa que habían visto en su vida.  Ahora sufro en silencio porque ese legendario sabor del Quik ochentero es sólo un recuerdo que conservamos algunos afortunados. (Nota: nunca intentar hacerlo con la equivalencia a la tortura infantil de una madre preocupada por la nutrición: el temido Cal-c-tose).

Licuado de Chocokrispies
Esto fue un invento de mi hermano: se molía el cereal en la licuadora hasta hacerlo polvo, después se le agregaba leche hasta que adquiriera consistencia de engrudo y ya estaba listo para “beberse”. Si uno no podía acabárselo quedaba el consuelo que podía usarse para pegar piñatas…

Croquetas con Mermelada
Mi hermana tenía una amiga que aseguraba que este era un manjar de los dioses. Si, así tal cual lo leyeron, ella competía con su Fido particular por las Pedigree y las sumergía en mermelada de fresa. Temo por las consecuencias que haya tenido esto en su frágil salud mental.

Pastel crudo
Para todas aquellas a quienes Santa o los Reyes les hayan otorgado de tener un Easy Bake. Ahí comprobé que la masa cruda no le hace nada a la panza de un niño, contrario a lo que cualquier abuela aseguraba. Sobra decir que uno comía pasteles crudos porque es inhumano hacer esperar a cualquier infante a que su hornito rosa de plástico y su foco milagroso horneen un pastelito en un nanosegundo!

Dulces Gringos
En un México pre-TLC, el  deseo infantil era representado en los Milky Ways, los Ring Pops, los Runts y el invento del siglo: los Pop Rocks. Éstos últimos eran mis favoritos, porque corría el mito urbano de que si comías unos y luego te tomabas una Coca tu muerte era inminente porque te explotaría la panza.  Las nuevas generaciones nunca entenderán lo que era saber que tus papás irían de viaje al gabacho, y a su vuelta comerías los más dulces manjares ideados por un tal Willy Wonka.

Estos son sólo algunos de mis primeros placeres culpables. Me encantaría que me compartieran los suyos y saber cuáles conservan a la fecha ¡Seguro que  tendremos algunos en común!

jueves, 12 de abril de 2012

Rancho San Josemaría

"No son sólo quesos... son los quesos de Catalina y Martín".

Conocimos a Martín, a Catalina y su hijo la semana pasada al visitar el Rancho San Josemaría en Querétaro. La historia de esta familia chilanga-cuasi-queretana empezó hace nueve años cuando ciertas circunstancias los orillaron a buscar salir del inseguro DF. Así, por azares del destino llegaron a Querétaro para iniciar -literal- una nueva vida.

Su historia va mas allá del cambió de Martín por un traje y mocasines a unas botas de hule y  jeans. Va más allá, porque de ser el sueño de jubilación de una pareja para pasar sus años en una "granja con animales", se convirtieron en productores de queso premiados con medalla de plata y bronce en los World Cheese Awards. En el cómo una pequeña familia que quiso aprender a hacer queso, en un lapso de cuatro años le gana a decenas de productores mundiales ¡Parece trama de película inglesa!

El visitarlos y conocer a las 'niñas' es una gozada. El conocer el proceso para hacer su queso, poder tocar a los animales, ver el cuidado con el que hacen sus productos y degustarlos al final es una experiencia que vale mucho la pena. Es esa oportunidad, lejana para cualquier capitalino el de acercarte a un productor y saber que él hasta hace unos años batallaba como tu contra el Periférico y añoraba el sueño de una vida campirana.

Cuando Martín explica el periodo de aprendizaje que los llevó a dónde están ahora, uno no puede esperar a que le hagan su película biográfica, saboreando mirar en la pantalla el momento en que intentaron ahumar su primer queso para descubrir que se había derretido, o mirar con asombro a los franceses que les piden que no le laven el hongo al queso que ya ha madurado, entre muchas otras anécdotas.

Lo que me quedo de esta hermosa visita fue que lo que el trabajo duro y el amor por lo que haces puede lograr. Y sobre todo eso: no es un queso... es el que hacen Catalina y Martín!

Si quieren ir a conocerlos, háganlo acá y si quieren comprar sus productos en el DF, háganlo con Lactography

foto cortesía de @Giordanesque

martes, 3 de abril de 2012

The Wonder Years

Didn't your mother ever tell you not to play with your food? Zazú (The Lion King)

Hace unos días mientras realizaba con maestría el arte del zapping, miré una escena de la película 'Elsa & Fred". Para aquellos que no la han visto trata del amor que se desarrolla entre dos ancianos: él aburrido y esperando morir de cualquier enfermedad que él tiene en la mente y ella disfrutando la vida. En algún momento de la cinta, los personajes van a un restaurante y al disfrutar un postre Elsa le dice a Fred que le meta el dedo al pastel y se lo chupe, a lo que él se niega diciendo que 'es una falta de educación'.

En 'Patch Adams' cuando una paciente pierde las ganas de vivir, Patch para reanimarla le concede su deseo infantil: jugar en una alberca de fideos. Clásico momento hollywoodense que seguramente a más de uno se le antojó.

Esto me dejó pensando en el momento en el que crecemos, perdemos imaginación, ganamos reglas y dejamos de divertirnos al comer. Recuerdo que lo que más me gustaba que me dieran de comer era sopa de letras, y el momento de ir pescando para 'escribir' al filo del plato, convertía el comer en una mini-aventura. También me viene a la cabeza el ritual infalible de cómo comer una galleta Oreo con leche, o el ir comiendo capita por capita una galleta barquillo de Mac'Ma. 

Hace cosa de unos meses, en una comida memorable, el chef Manolo Najera contaba cómo el chef Grant Achatz había hecho un menú para un Pop-up en su restaurante Next. El cual se basaba completamente en los recuerdos de la infancia ochentera para muchos treintañeros. El menú incluía joyas como recibir tu comida dentro de una lonchera, comer el tradicional Mac 'n' cheese, y hasta el chef disfrazaba en la comida coles de Bruselas para que te gustarán! (Pueden leerlo acá). 

¿En qué momento llegó? Ése... dónde las formas en la mesa y la mirada de otros comensales nos lleva a guardar la compostura y el ver con nostalgia como el merengue de una tarta se queda esperando a ser sólo tocado por el frío tenedor en lugar del dedo juguetón.

¿Cuándo jugaremos de nuevo con la comida? Les pido compartan ejemplos de lo que ustedes hacían al ser niños y que ahora recuerdan con nostalgia. Como ejercicio de 'relajación gastronómica' les propongo esta fácil premisa: juega con tu comida.

Hagamos algo más allá del conmemorar el Mes del Niño cambiando el avatar por una fotillo infantil, mejor volvamos a la infancia... seguro que lo pasamos mejor.



jueves, 1 de marzo de 2012

Peras Caigan

Mi Abo fue un tipo feliz. Fue un soñador. Alguien que en todas las fotos salía sonriendo. Un hombre que amó la vida, a su familia y sobre todo: los pequeños placeres.

Junto a él, exploré los misterios que contaba el Monje Loco y que eran tan intrigantes que me impedían desayunar antes de ir a la escuela lo que hacía que mi abuela gritara "¡Cállate Manuel que los niños no comen!". Cuentos de otras generaciones que llegaron a mí como la del perezoso Sagáz, que iba a la Escuela de Pereza a sentarse abajo de un peral y esperar pacientemente a que el fruto cayera en su mano al grito de "Peeeeras, caiiiigaaaan".

Me enseñó que en el México de antes podías comer aves que vendían los campesinos de calzón de manta que cazaban en Texcoco y traían al hombro y anunciaban con el grito de "¡Mercarán chicuilotitos viv..!". Que afuera de su casa corrían arroyos dónde un zapato se convertía en un barco. Y que la imaginación era la mejor aliada de un niño...

Recuerdo que ya al caer la noche y saber que ya él estaba por llegar de trabajar, miraba a la puerta de entrada y detrás del vidrio amarillo que ocupaba la parte superior, veía su gran sombra y me emocionaba porque sabía que entraría él con una bolsa de pan en la mano. Esa bolsa marrón dónde siempre había bolillos de Don Alberto para "merendar" con frijoles de la abuela y él cenaría un gendarme y un vaso de leche con café.

Tengo muchos recuerdos de él relacionados con la comida. Mi abuela es una tremenda cocinera y fue ella quién me transmitió el amor de preparar alimentos, pero fue él quién me transmitió la pasión por disfrutarlos. Ninguna comida familiar podía ser disfrutada sin una Coca Cola, y como la tenía prohibida siempre me decía "Mijita, ándale vete a la tienda por una coca". Y yo le decía "No Abo, hay que tomar agua" y me decía "No mijita, quieres una coca, ándale ve a comprarla". Este mismo diálogo se repitió por años y lo aplicaba con todos los nietos y para todas las causas, como las que involucraban buscar dónde la abuela había escondido dulces por la casa para que una vez hallado el botín, le tocara su parte. Dice mi abuela que todavía sigue encontrando dulces ocultos por  él.

Cuando tenía alrededor de 8 años, hicimos un viaje increíble que abarcó Veracruz, Tabasco, Chiapas y Oaxaca abordo de una flamante Ichi-Van, la cual fue bautizada correctamente como "La Caravana de los Muppets" y fue compuesta por ¡diez personas! entre mi familia, mis tías, el novio-fiancé y mis abuelos. El soundtrack del viaje fue un cassette de Ray Coniff que mi abuelo compró en una gasolinería quien sabe en qué pueblo. De esa travesía recuerdo con emoción el desayuno en La Parroquia de Veracruz, mi horror de descubir que en Catemaco comían changos, los tamales de frijol camino a Montealbán, el arco que le compró a mi hermano hecho por los lacandones al salir de Palenque, la horchata de melón que bebimos en el mercado de Oaxaca y las tortas de sardina que mi abuela nos preparó en Ocosingo dónde no había ningún lugar para  comer y sólo encontró una panadería y una tienda..

Fue un hombre que quedó huerfano de padre y madre a los 12 años, y que no se dio por vencido. Permaneció unido a sus hermanas al quedar solos contra el mundo, e hicieron la promesa de nunca separarse. Tanto, que construyeron sus casas juntas en el terreno que les dejaron sus padres. De mi bisabuelo aprendió el amor por la madera y conservo un baúl que nos regaló en navidad tallado por él.

Trabajó en una fábrica de tennis y siempre que me veía con un nuevo par, me pedía verlo para ver cómo lo habían hecho y me explicaba de qué manera habían transformado el hule de la suela. Por lo que siempre que tenga un nuevo módelo pensaré qué opinará de ellos.

A mi Abo se le acabaron los años exactamente hace un mes. Ha sido duro y doloroso, pero como a los grandes hombres que han dejado una gran huella no sólo en su familia, si no en la comunidad que le rodeaba, la vida le concedió un último don al final de poder despedirse en paz. Sus historias vivirán en todas las personas que tuvimos la fortuna de conocerlo y amarlo, y por seguro su sonrisa iluminará nuestros corazones por muchos años más.

jueves, 19 de enero de 2012

Tea Lover

Leí esta maravilla de texto  de @martxie sobre el té que me animó a escribir este post.

Debo el amor al té a mis papás. En casa siempre ha habido una pasión por los pequeños placeres. En el caso de mi papá, el amor al tabaco (habano y pipa) y en el caso de mi mamá, un amor-dependencia a la cafeína. Las mañanas en casa siempre eran anunciadas cuando el aroma del café inundaba hasta el último rincón.
Por lo que nuestras salidas familiares siempre incluían alguna tarde en algún café (antes de que existiera el concepto cafetería como lo conocemos ahora de sillones mullidos, jazz en el fondo y bebidas con nombres extraños). Solíamos ir a un cafetería en San Jerónimo, dónde mi máximo era pedir un té negro infusionado con cereza. Lo comprábamos para casa y el ritual de poner el té en el infusionador de metal y ponerlo en una taza con agua y esperar, era una tarea que exigía mucha concentración en una niña.

Así fui adentrándome a éste mundo, y entre las experiencias que me han hecho ser una amante del  té comparto las siguientes:

1. Mariage Frères:  Es mi Disneylandia... mi Ítaca. Llegué ahí de la mano de una amiga francesa que me enseñó los secretos del barrio de Le Marais. Es la casa de té más antigua de Paris, data de 1854 y entrar ahí es un viaje en el tiempo dónde no importa el exterior, sólo el ahora. Toda la decoración es de madera y los empleados están enfundados en impecables trajes de lino dispuestos a mostrarte los aromas que esconden sus enormes latas de té, que están acomodadas a sus espaldas a manera de botica. Mi mezcla favorita es Marco Polo y era tal mi adicción que antes lo pedía por correo. Hace unos años fui la persona más feliz del mundo cuando mi hermana me sorprendió al enseñarme que en Williams-Sonoma venden esas latitas negras que guardan una joya.

2. Tealosophy: A Inés Bertón la descubrí en este texto, que relata sobre lo difícil que es ser "una de las doce narices del mundo capaces de distinguir cinco mil 'notas' distintas". Amé la historia porque nunca me había puesto a pensar en el viacrucis que representa para una de estas personas el enfrentarse a diario a un mundo de olores (como Grenouille de El Perfume). Inés aprovechó este don para hacer las mezclas más maravillosas y exóticas del mundo. Posteriormente tuve la fortuna de hacer un viaje a Buenos Aires y no perdí la oportunidad de visitar Tealosophy y descubrir una parte de su legado.

3. The Coffee Bean & Tea Leaf: Conocer a David DeCandia ha sido uno de los momentos épicos de mi vida. Este hippie viaja por todo el mundo y es quién compra el té y hace las mezclas de CBTL. Es el más acérrimo defensor del té, del ritual de beberlo y de cómo cuidarlo como a un tesoro. Coffee Bean fue uno de los pioneros en vender té de hoja entera en Estados Unidos. En comercializarlo en bolsas de nylon triangulares para que el té se infusione correctamente.

En infusionar tés lattes directamente en la máquina de espresso y no usando un jarabe con un sabor a Chai, hacer the real thing con té de hoja entera. Es una enciclopedia del té y el conocerlo y saber lo que hace para ser su embajador es algo increíble.

Lo rico de la historia es que se va enriquenciendo a diario. Equiparo el acto a beber esa primer taza matinal al acto de saber que estás vivo... y que vale la pena.