jueves, 1 de marzo de 2012

Peras Caigan

Mi Abo fue un tipo feliz. Fue un soñador. Alguien que en todas las fotos salía sonriendo. Un hombre que amó la vida, a su familia y sobre todo: los pequeños placeres.

Junto a él, exploré los misterios que contaba el Monje Loco y que eran tan intrigantes que me impedían desayunar antes de ir a la escuela lo que hacía que mi abuela gritara "¡Cállate Manuel que los niños no comen!". Cuentos de otras generaciones que llegaron a mí como la del perezoso Sagáz, que iba a la Escuela de Pereza a sentarse abajo de un peral y esperar pacientemente a que el fruto cayera en su mano al grito de "Peeeeras, caiiiigaaaan".

Me enseñó que en el México de antes podías comer aves que vendían los campesinos de calzón de manta que cazaban en Texcoco y traían al hombro y anunciaban con el grito de "¡Mercarán chicuilotitos viv..!". Que afuera de su casa corrían arroyos dónde un zapato se convertía en un barco. Y que la imaginación era la mejor aliada de un niño...

Recuerdo que ya al caer la noche y saber que ya él estaba por llegar de trabajar, miraba a la puerta de entrada y detrás del vidrio amarillo que ocupaba la parte superior, veía su gran sombra y me emocionaba porque sabía que entraría él con una bolsa de pan en la mano. Esa bolsa marrón dónde siempre había bolillos de Don Alberto para "merendar" con frijoles de la abuela y él cenaría un gendarme y un vaso de leche con café.

Tengo muchos recuerdos de él relacionados con la comida. Mi abuela es una tremenda cocinera y fue ella quién me transmitió el amor de preparar alimentos, pero fue él quién me transmitió la pasión por disfrutarlos. Ninguna comida familiar podía ser disfrutada sin una Coca Cola, y como la tenía prohibida siempre me decía "Mijita, ándale vete a la tienda por una coca". Y yo le decía "No Abo, hay que tomar agua" y me decía "No mijita, quieres una coca, ándale ve a comprarla". Este mismo diálogo se repitió por años y lo aplicaba con todos los nietos y para todas las causas, como las que involucraban buscar dónde la abuela había escondido dulces por la casa para que una vez hallado el botín, le tocara su parte. Dice mi abuela que todavía sigue encontrando dulces ocultos por  él.

Cuando tenía alrededor de 8 años, hicimos un viaje increíble que abarcó Veracruz, Tabasco, Chiapas y Oaxaca abordo de una flamante Ichi-Van, la cual fue bautizada correctamente como "La Caravana de los Muppets" y fue compuesta por ¡diez personas! entre mi familia, mis tías, el novio-fiancé y mis abuelos. El soundtrack del viaje fue un cassette de Ray Coniff que mi abuelo compró en una gasolinería quien sabe en qué pueblo. De esa travesía recuerdo con emoción el desayuno en La Parroquia de Veracruz, mi horror de descubir que en Catemaco comían changos, los tamales de frijol camino a Montealbán, el arco que le compró a mi hermano hecho por los lacandones al salir de Palenque, la horchata de melón que bebimos en el mercado de Oaxaca y las tortas de sardina que mi abuela nos preparó en Ocosingo dónde no había ningún lugar para  comer y sólo encontró una panadería y una tienda..

Fue un hombre que quedó huerfano de padre y madre a los 12 años, y que no se dio por vencido. Permaneció unido a sus hermanas al quedar solos contra el mundo, e hicieron la promesa de nunca separarse. Tanto, que construyeron sus casas juntas en el terreno que les dejaron sus padres. De mi bisabuelo aprendió el amor por la madera y conservo un baúl que nos regaló en navidad tallado por él.

Trabajó en una fábrica de tennis y siempre que me veía con un nuevo par, me pedía verlo para ver cómo lo habían hecho y me explicaba de qué manera habían transformado el hule de la suela. Por lo que siempre que tenga un nuevo módelo pensaré qué opinará de ellos.

A mi Abo se le acabaron los años exactamente hace un mes. Ha sido duro y doloroso, pero como a los grandes hombres que han dejado una gran huella no sólo en su familia, si no en la comunidad que le rodeaba, la vida le concedió un último don al final de poder despedirse en paz. Sus historias vivirán en todas las personas que tuvimos la fortuna de conocerlo y amarlo, y por seguro su sonrisa iluminará nuestros corazones por muchos años más.

4 comentarios:

Mariana O dijo...

Issa.. no manches.. me hiciste llorar.. qué ganas de conocer a tu abuelo... pero estás tú cerquita y eso es maravilloso :) te quiero

Unknown dijo...

Muchas gracias Marianita! yo también te quiero harto.
un beso guapa

Nerea dijo...

Oh, qué bello post, Issa. Reflejas no sólo a un hombre maravilloso sino el profundo cariño que le tenías. Sí, seguro ha sido duro, pero también imagino que sí aplicas el dar gracias porque pasó en vez de llorar porque terminó. :)
Un abrazo

Unknown dijo...

Gracias Nerea! te mando un beso enorme